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POBREZA ENERGÉTICA: LA FRÍA REALIDAD

Cuando las familias tienen menos dinero y necesitan más calefacción

Un titular reciente de El Periódico, escrito por Meritxell Comas, captó mi atención: «La última vez que encendimos la calefacción fue en 2017». En este artículo, se relata la historia de una familia hondureña que llegó a Girona en 2017, huyendo de la inseguridad en su país, con la esperanza de empezar una nueva vida desde cero. Aunque los ingresos familiares apenas alcanzan para cubrir el alquiler y la comida, resultan insuficientes para afrontar el gasto de calefacción, especialmente con la escalada de precios del gas y la electricidad. A esto se suma la presencia de humedades, habitualmente por condensación, y el malestar térmico que los obliga a moverse dentro de casa con mantas y abrigos.

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Esquina fría (11.9 ºC): aquí se evidencia un puente térmico donde se forma moho debido a la condensación del vapor de agua en el interior del yeso.

Esta historia no es ajena para mí. He sido testigo de situaciones similares en edificios construidos a finales de los años 60, habitados por familias trabajadoras, en su mayoría inmigrantes o personas mayores. Estos pisos, erigidos en una época en la que la eficiencia energética no era una prioridad, presentan carencias importantes en este aspecto: paredes y techos sin aislamiento, ventanas de hierro con vidrios simples, filtraciones de aire y, en su mayoría, carencia de calefacción debido a la imposibilidad de afrontar el coste del gas.

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Uso de cinta adhesiva para sellar las filtraciones de aire frío en una caja de persiana.

A estas dificultades se añaden problemas de humedad, originados por las bajas temperaturas interiores y el alto nivel de humedad propiciado por el uso de estufas de butano y la necesidad de secar la ropa en interiores, muchas veces frente a estas mismas estufas.

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Humedad por condensación en una pared no aislada debajo de una ventana de hierro con vidrio simple.

En ocasiones, las estufas de butano coexisten con aparatos deshumidificadores para reducir el nivel de humedad en el interior.

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Coexistencia de estufas de butano y deshumidificadores para mitigar la humedad en interiores.

Recuerdo un caso reciente en el que los niños, el padre y los abuelos se recluían en el comedor, cubiertos con mantas y cerca de una estufa de butano, mientras el resto del piso, sin calefacción, mantenía una temperatura de 14 ºC, muy por debajo de los estándares de confort (21 ºC en invierno). Además del riesgo para la salud por la mala calidad del aire, generado por la combustión de la estufa y la respiración, ambos procesos consumen oxígeno, producen vapor de agua y liberan dióxido de carbono.

En Cataluña, la pobreza energética se ha duplicado en los últimos dos años. Según datos del Institut d’Estadística de Catalunya IDESCAT, uno de cada cuatro catalanes es pobre:

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Esta situación de hogares fríos y húmedos en invierno, y calurosos y sofocantes en verano, contribuye al incremento de la mortalidad y al riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, hipertensión y problemas respiratorios. Además, es un claro indicador de exclusión social y desigualdad.

En un artículo de El País, Nieves Turienzo, presidenta de Médicos del Mundo, señala: “La pobreza energética deja más muertes anuales que los accidentes de tráfico en España, pero nadie habla de esto”.

¿Puede la rehabilitación energética ayudar a mitigar esta lacra?

Sí y no.

La buena noticia es que la rehabilitación energética de los edificios ineficientes es la solución. Mejoraría el bienestar físico, mental y emocional de las personas con menos recursos.

La mala noticia es que estas familias carecen de los medios necesarios para afrontar el costo de una rehabilitación energética. Es un dilema sin resolver.

Incluso con ayudas de fondos como los Next Generation, los recursos disponibles resultan insuficientes. Estas familias no pueden hacer frente al pago mensual de, incluso, 150 euros durante 10 años.

En un estudio reciente de rehabilitación energética en un edificio de 144 viviendas, se planteó la posibilidad de aislamiento térmico en las fachadas y cubierta. A pesar de las ayudas, el costo por piso ascendió a unos 6000 euros, con una cuota anual de 64 euros durante 120 meses. Sin embargo, el proyecto no se llevó a cabo. La mayoría de las familias que ocupan este edificio, construido a finales de los 60, no pueden hacer frente a esta cuota. Diez años después de la última contribución económica de 3000 euros por piso para reparar daños estructurales en los balcones, aún hay pisos que arrastran deudas pendientes.

La solución definitiva a la pobreza energética radica en la rehabilitación de viviendas y edificios mal aislados, que representan aproximadamente el 80% del parque edificado en España. Sin embargo, se necesitan políticas sociales claras y decisivas que provean los recursos reales necesarios, reduzcan la burocracia y asuman el 100% de la inversión requerida. Esto permitirá que las familias inmersas en esta espiral de pobreza energética experimenten un cambio real en sus vidas.